Hace unos días, hablando con un amigo, me contó una frase que había oído y que se me quedó dando vueltas en la cabeza. Alguien había dicho que ya no quería leer un trabajo escrito con inteligencia artificial; que prefería leer el prompt con el que había sido generado. La ocurrencia me hizo gracia al principio. Tenía ese punto de provocación que tienen algunas frases destinadas a circular bien en una conversación sobre tecnología. Pero cuanto más la pensaba, menos superficial me parecía. Al final acabé diciéndome: quizá tenga razón, quizá no, pero aquí hay algo.

Lo que había detrás de aquella frase era una pregunta bastante más profunda: cuando una máquina puede encargarse de redactar, ordenar y presentar una idea, ¿dónde queda exactamente la aportación de la persona que firma el texto? Hasta hace muy poco, esa duda apenas tenía sentido. Quien escribía un texto era, en principio, quien había ido colocando una palabra detrás de otra. Podíamos discutir sobre sus fuentes, sobre la originalidad de sus ideas o sobre la calidad de su estilo, pero no sobre quién había ejecutado materialmente la escritura. La inteligencia artificial ha empezado a separar cosas que antes veíamos como una sola.

Hoy alguien puede tener una intuición, explicársela a una máquina y obtener poco después un texto correcto, convincente y hasta elegante. Puede pedirle que lo reorganice, que encuentre mejores ejemplos o que haga más comprensible una idea difícil. Y entonces aparece una sospecha inevitable: si la máquina ha hecho todo eso, ¿qué parte del resultado pertenece realmente a quien lo firma?

En ese contexto, pedir el prompt deja de ser una excentricidad. Se convierte casi en otra forma de preguntar: ¿qué había aquí antes de que entrara la máquina?

Cuando la respuesta deja de ser lo difícil

Hay algo en todo este asunto que quizás todavía no hemos terminado de asumir. Durante siglos, producir una respuesta era costoso. Escribir un texto exigía tiempo, incluso cuando quien escribía tenía las ideas claras. Había que investigar, ordenar el material, decidir qué era importante y encontrar la mejor manera de explicarlo. Ahora una parte considerable de ese trabajo puede resolverse en segundos.

Eso no significa que las respuestas sean necesariamente buenas, ni originales, ni ciertas. Pero sí significa que se han vuelto abundantes, y la abundancia suele desplazar el valor hacia aquello que continúa siendo escaso. Si cualquiera puede obtener una respuesta razonablemente articulada con muy poco esfuerzo, empieza a importar más la calidad de la pregunta que la velocidad con la que alguien consigue contestarla.

No es lo mismo pedir a una inteligencia artificial un artículo sobre el impacto de la IA en el empleo que preguntarse qué sucede cuando la inteligencia artificial no elimina profesiones enteras, sino que va sustituyendo precisamente aquellas pequeñas tareas que justificaban buena parte del valor de esas profesiones. En el segundo caso ya hay una mirada previa. Alguien ha observado un fenómeno, lo ha relacionado con otro y ha sospechado que allí había una cuestión interesante. La máquina puede desarrollar después ese razonamiento, pero alguien tuvo que señalar primero el lugar hacia el que mirar.

Ahí empieza a cobrar sentido aquella idea de «dame tu prompt». No porque el prompt sea una especie de reliquia sagrada ni porque exista una fórmula secreta detrás de cada buen resultado, sino porque puede mostrar dónde empezó el pensamiento.

El mito del prompt perfecto

Durante los primeros años de la inteligencia artificial generativa se ha hablado muchísimo de prompts. Han aparecido cursos, manuales y repertorios de instrucciones diseñados para enseñar a pedir mejor las cosas. Todo eso tiene utilidad, porque explicar bien lo que uno quiere suele mejorar el resultado, pero también hemos construido alrededor del prompt una pequeña mitología.

Internet está lleno de supuestos «prompts definitivos», fórmulas que prometen convertir cualquier consulta en una respuesta extraordinaria y colecciones que presentan determinadas estructuras casi como si fueran conjuros. Sospecho que dentro de unos años miraremos esta etapa con cierta ternura. Las máquinas entenderán cada vez mejor nuestras intenciones y será menos necesario redactar instrucciones rígidas o artificiosamente sofisticadas.

El verdadero valor del prompt no está en conocer una sintaxis especial. Está en tener algo interesante que preguntar. Se puede escribir un prompt impecable para desarrollar una idea banal, del mismo modo que una pregunta formulada con torpeza puede contener una intuición brillante. La técnica ayuda, pero no sustituye al pensamiento.

Por eso creo que, cuando hablamos del valor del prompt, deberíamos hablar menos de ingeniería y más de criterio. Lo que importa no es saber colocar determinadas palabras en un orden determinado, sino saber hacia dónde queremos dirigir la conversación y qué estamos intentando descubrir.

A veces el prompt ni siquiera existe

Hay, además, otro problema en la idea de que detrás de todo texto generado con inteligencia artificial hay un prompt que contiene su esencia. Muchas veces no existe tal cosa, al menos no en singular.

Lo que existe es una conversación.

Uno empieza explicando una idea y la máquina responde. Algo no convence y se corrige. Aparece un argumento inesperado y se sigue por ahí. Otra línea parecía prometedora y termina descartándose. A veces la máquina propone una conexión que uno no había visto; otras veces produce una respuesta aparentemente brillante que, al mirarla con atención, se revela superficial. El resultado final puede ser consecuencia de muchas decisiones pequeñas, no de una instrucción inicial especialmente genial.

Eso cambia bastante la relación entre una persona y una inteligencia artificial. Ya no estamos simplemente ante alguien que da una orden y recibe un producto terminado. Nos acercamos más a una forma de dirección intelectual, en la que tan importante como pedir algo es saber juzgar lo que se recibe.

Y ahí aparece una verdad bastante antigua que la tecnología no ha conseguido abolir: para mandar bien suele ayudar saber hacer. No porque quien dirige tenga que ser el mejor especialista de todo aquello que supervisa, sino porque el conocimiento permite reconocer la calidad, detectar errores y advertir cuándo una respuesta que suena convincente no lo es tanto.

Probablemente dirige mejor quien conoce aquello que está intentando hacer o, como mínimo, quien sabe con mucha claridad qué quiere conseguir. Lo problemático aparece cuando no ocurre ninguna de las dos cosas. Si alguien no entiende bien el asunto sobre el que trabaja y tampoco sabe qué resultado busca, la inteligencia artificial puede producir páginas y páginas de texto sin que por ello aparezca una sola idea valiosa.

El prompt anterior al prompt

Llegados a este punto aparece una paradoja especialmente interesante. Si queremos conocer la aportación humana y pedimos ver el prompt, debemos recordar que la propia inteligencia artificial también puede escribirlo. Podemos pedirle que formule una pregunta mejor, que nos ayude a plantear un asunto o incluso que construya las instrucciones adecuadas para obtener determinado resultado.

Si la máquina puede redactar también el prompt, entonces tenemos que retroceder un paso más.

Quizá la aportación humana empiece antes de la frase que escribimos en la pantalla. Empiece en ese momento en que algo nos llama la atención, cuando una conversación, una lectura o una experiencia produce una pequeña fricción mental y nos hace pensar que merece la pena seguir tirando de un hilo.

Podríamos llamar a ese instante el prompt cero.

No es una instrucción escrita. Es una intuición. Es ese momento anterior en el que todavía no sabemos formular exactamente la pregunta, pero ya sospechamos que existe una pregunta que merece ser formulada.

El prompt cero puede aparecer durante una reflexión en el metro, conduciendo hacia casa, en una conversación con un amigo o incluso en mitad de una reunión de trabajo. A veces aflora un pensamiento; otras, alguien pronuncia una frase que se queda resonando unos segundos más de lo normal. Y de pronto surge la sospecha de que quizá haya algo más detrás, algo que merece ser pensado con mayor profundidad. La inteligencia artificial todavía no ha intervenido. No hay texto, ni instrucciones, ni estructura. Sólo una frase, un comentario o una intuición que consigue despertar una curiosidad intelectual.

Ese momento me parece bastante más revelador que cualquier prompt técnicamente perfecto que pudiera escribirse después.

La autoría empieza a parecerse a otra cosa

Todo esto obliga también a revisar la idea de autoría. Durante mucho tiempo tendimos a mezclar en una misma cosa la idea, el razonamiento y la manera de expresarlos. Quien concebía algo era también quien tenía que encontrar la forma de convertirlo en texto. La inteligencia artificial permite que esas fases se separen cada vez más.

Imaginemos a alguien con una idea excelente pero poca habilidad para escribir. Explica esa idea a una inteligencia artificial, discute con ella, rechaza determinados argumentos, corrige otros y termina obteniendo un gran artículo. ¿Es menos autor que alguien que escribe personalmente un texto mediocre sobre una idea igualmente mediocre?

La pregunta no tiene una respuesta sencilla, y precisamente por eso resulta interesante.

Puede que dentro de unos años dejemos de obsesionarnos con determinar qué porcentaje de un texto «ha escrito la IA» y empecemos a preguntarnos algo más útil: qué aportó realmente cada parte del proceso. Quién tuvo la idea, quién orientó el razonamiento, quién detectó los errores y quién tomó las decisiones que acabaron dando forma al resultado.

La autoría quizás se vuelva menos visible, pero no necesariamente menos importante.

De las fuentes al proceso

Hasta ahora, cuando queríamos comprender o verificar un trabajo, preguntábamos por sus fuentes. Queríamos saber de dónde procedía un dato, qué estudio respaldaba una afirmación o qué autor había formulado anteriormente una determinada idea.

Con la inteligencia artificial podría aparecer una curiosidad nueva. Además de preguntar de dónde sale la información, podría empezar a interesarnos cómo se llegó hasta ella.

Tal vez en algunos trabajos tenga sentido mostrar parte de la conversación con la inteligencia artificial, no como una confesión ni como una forma de demostrar que alguien «no hizo trampas», sino porque el propio proceso puede ser intelectualmente interesante. Saber qué pregunta se hizo primero, qué respuesta fue descartada o qué giro condujo hasta la conclusión final puede explicar mucho más que el texto terminado.

El prompt podría convertirse así en una especie de huella del pensamiento. No en el pensamiento entero, pero sí en una pista sobre el camino recorrido.

Lo que probablemente seguirá siendo humano

Tengo la impresión de que dentro de unos años hablaremos mucho menos de prompts. Puede que la palabra quede asociada a esta primera etapa de la inteligencia artificial, cuando todavía necesitamos explicar con bastante precisión a las máquinas lo que esperamos de ellas. La tecnología avanzará y la conversación será más natural.

Pero hay algo que probablemente no perderá importancia: saber qué merece la pena preguntar.

También seguirá siendo importante saber reconocer una buena respuesta, distinguir una idea interesante de una ocurrencia superficial y decidir cuándo merece la pena seguir pensando en algo. La inteligencia artificial puede ayudarnos mucho después de que una pregunta aparezca, pero el valor seguirá estando en buena medida en la mirada de quien detecta que allí hay algo que merece atención.

Después de darle vueltas, creo que aquel desconocido tenía parte de razón. A veces puede ser más revelador conocer el prompt de un trabajo que limitarse a leer el resultado. Pero sospecho que incluso eso se queda corto.

Quizás no deberíamos preguntar sólo: «Dame tu prompt».

Quizás la pregunta más interesante sea otra: ¿Qué viste tú antes de escribirlo?

Porque, al final, todo empezó mucho antes de que alguien escribiera una instrucción en una pantalla. Empezó en el instante en que una idea consiguió detener a alguien durante unos segundos y hacerle pensar que valía la pena seguir tirando del hilo.