Durante muchos años hemos construido empresas alrededor de una realidad incómoda que apenas percibíamos porque formaba parte del paisaje: trabajar con seres humanos genera una enorme cantidad de fricción.

Hay que explicar lo que queremos, asegurarnos de que se ha entendido, convocar reuniones, redactar correos, resumir documentos, preparar presentaciones, perseguir respuestas, coordinar departamentos, traducir las necesidades de unos para que las entiendan otros, revisar lo que alguien ha hecho, corregirlo, volverlo a explicar y, finalmente, conseguir que varias personas avancen más o menos en la misma dirección.

Una parte considerable del trabajo de oficina moderno no consiste realmente en producir el resultado final, sino en conseguir que los humanos nos alineemos para producirlo.

Esta cuestión merece por sí sola otro artículo porque probablemente sea una de las consecuencias menos comentadas de la inteligencia artificial. Pero basta con detenernos aquí en una idea: la IA está empezando a eliminar una parte enorme de esa fricción.

Y lo hace muy deprisa.

Una persona puede entregar a una IA un informe de cuarenta páginas y pedirle que extraiga los puntos esenciales, detecte contradicciones, prepare una presentación para dirección, redacte el correo que la acompañará y adapte después el contenido para distintos destinatarios. Puede analizar documentación, comparar propuestas, preparar borradores, programar, resumir reuniones, buscar información, organizar datos o convertir una idea todavía desordenada en algo sobre lo que ya se puede trabajar.

No significa que el resultado deba aceptarse ciegamente. La supervisión humana continúa siendo necesaria y probablemente lo será durante mucho tiempo. Pero el volumen de trabajo que una sola persona puede abordar empieza a ser radicalmente distinto.

Y eso tiene consecuencias.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial, elaborado a partir de más de mil grandes empleadores que representan a más de catorce millones de trabajadores, ofrece una fotografía bastante clara. El 77% de las empresas consultadas prevé formar a sus trabajadores para que puedan trabajar mejor con inteligencia artificial; el 47% contempla trasladar empleados afectados por la IA hacia otras funciones. Pero hay otro dato bastante menos confortable: el 41% espera también reducir plantilla allí donde la tecnología pueda replicar determinadas funciones.

Las empresas no son ONG. Su obligación es ser competitivas, generar valor, pagar salarios, inversiones e impuestos y, sobre todo, sobrevivir. Habrá buenos directivos que intentarán preservar todo el empleo posible —y creo que muchos lo harán—, pero también tendrán que transformar puestos, equipos y procesos. Cuando un departamento pueda producir con seis personas lo que antes requería diez, mantener exactamente la misma estructura será cada vez más difícil de justificar.

La pregunta interesante, por tanto, no es si la inteligencia artificial va a cambiar el empleo. Ya lo está haciendo.

La pregunta es otra:

¿Cómo consigues ser una de esas seis personas?

Si sois dos y uno utiliza IA

Aquí aparece una regla que, simplificando mucho, creo que veremos repetirse durante los próximos años.

Imaginemos dos profesionales con experiencia y capacidades semejantes. Uno trabaja como siempre ha trabajado. El otro ha incorporado seriamente la inteligencia artificial a su actividad diaria.

No me refiero a haber abierto ChatGPT tres veces ni a pedirle que redacte un correo de vez en cuando. Hablo de alguien que ha aprendido a pensar con estas herramientas, que sabe dar contexto, dividir problemas, contrastar resultados, utilizar distintos modelos, automatizar tareas y convertir la IA en una extensión de su propia capacidad profesional.

El segundo empieza con ventaja.

Puede investigar más, analizar más alternativas, preparar más deprisa un primer borrador, revisar mejor determinados trabajos y dedicar más tiempo precisamente a aquello en lo que continúa siendo especialmente valioso el ser humano: decidir, negociar, interpretar el contexto, comprender a otras personas, asumir responsabilidades o detectar cuándo una respuesta aparentemente brillante es en realidad una barbaridad.

El Foro Económico Mundial estima que un 39% de las competencias actuales de los trabajadores cambiarán o quedarán desactualizadas entre 2025 y 2030, y sitúa la inteligencia artificial y los datos entre las habilidades cuya demanda crecerá más rápidamente. Si representáramos la población activa mundial con cien personas, 59 necesitarían algún tipo de formación o reciclaje antes de 2030.

Esperar a que esa formación llegue organizada desde Recursos Humanos quizá no sea la mejor estrategia.

Y si los dos utilizan IA, empieza a importar algo muy antiguo

Hay, sin embargo, una segunda parte de esta historia que me parece aún más interesante.

Supongamos ahora que nuestros dos profesionales utilizan inteligencia artificial. Los dos conocen las herramientas. Los dos pueden acceder prácticamente a los mismos modelos.

Pero uno tiene tres años de experiencia profesional y el otro lleva veinte años resolviendo problemas reales.

Entonces cambia la ecuación.

Porque una IA puede aumentar extraordinariamente nuestra capacidad, pero sigue necesitando dirección. Y para dirigir bien hace falta saber hacia dónde se quiere ir, distinguir lo importante de lo accesorio, reconocer excepciones, anticipar consecuencias y detectar aquello que técnicamente parece correcto pero que la experiencia te dice que terminará mal.

Por eso creo que los profesionales sénior tienen delante una oportunidad extraordinaria, siempre que no cometan el error de considerar la IA una herramienta para jóvenes.

Un profesional experimentado que aprende a utilizar bien inteligencia artificial puede convertirse en algo muy difícil de igualar: años de criterio, conocimiento y contexto multiplicados por una capacidad de ejecución que hasta ahora no tenía.

Anthropic encontró algo interesante en su Economic Index de junio de 2026. Entre los usuarios encuestados de Claude —una muestra que la propia compañía advierte que no representa al conjunto de la población— los trabajadores al principio de su carrera eran precisamente quienes afirmaban que la IA podía realizar una mayor proporción de su trabajo y quienes mostraban mayor preocupación por la pérdida de empleo. Entre los perfiles más experimentados aparecían con más frecuencia capacidades como el juicio y la gestión entre aquellas que consideraban menos sustituibles.

Probablemente aquí haya material para otro artículo. De hecho, creo que ya he escrito alguna vez sobre ello. Pero la idea esencial es sencilla: experiencia e inteligencia artificial no compiten; se multiplican.

No estudies IA. Úsala

Por eso mi recomendación a cualquier profesional que me pregunte qué hacer ahora sería mucho menos sofisticada de lo que quizá espera.

Usa inteligencia artificial.

Mucho.

No te obsesiones inicialmente con convertirte en experto en modelos, arquitecturas, agentes o benchmarks. No necesitas saber cómo funciona un motor de combustión para conducir un coche. Necesitas empezar a trabajar con estas herramientas en problemas reales y descubrir dónde multiplican de verdad tus capacidades.

Utilízalas para algo que ayer te llevó dos horas. Pídeles una segunda opinión. Dales un documento complejo. Compara sus análisis con el tuyo. Haz que critiquen tu propuesta. Aprende a explicar mejor un problema. Prueba qué ocurre cuando les das más contexto. Descubre cuándo se equivocan. Experimenta con distintos modelos.

He trabajado durante muchos años en tecnología, estrategia digital y reputación online, y pocas veces había visto una curva de aprendizaje tan ligada al uso cotidiano. Con la inteligencia artificial ocurre algo curioso: leer sobre ella sirve, pero utilizarla intensivamente cambia mucho más rápidamente la forma en que entiendes sus posibilidades y, sobre todo, sus limitaciones.

Hay que mancharse las manos.

Y procura que tu empresa se entere

Pero añadiría algo más, quizá menos elegante y bastante pragmático.

Haz visible que sabes utilizarla.

No se trata de presumir ni de pasearse por la oficina proclamando que has descubierto ChatGPT. Se trata de que tus responsables sepan que has incorporado una nueva capacidad profesional.

Cuando hayas conseguido reducir un proceso de tres horas a cuarenta minutos, explícalo. Cuando descubras una forma mejor de analizar determinada información, enséñala. Cuando encuentres un uso que pueda ahorrar tiempo al equipo, compártelo. Cuando presentes un resultado especialmente bueno conseguido con ayuda de IA, no tengas miedo de explicar cómo lo has hecho.

En otras palabras: convierte esa competencia en algo visible.

Porque dentro de muchas organizaciones llegará un momento en que alguien tendrá que decidir qué puestos cambian, qué tareas desaparecen, qué personas pueden asumir nuevas responsabilidades y dónde merece la pena invertir en formación.

Y cuando llegue ese momento no querrás que descubran entonces que sabes trabajar con inteligencia artificial.

Querrás que ya lo sepan.

Tal vez este sea uno de los pocos momentos de nuestra vida profesional en los que una tecnología tan poderosa está disponible prácticamente al mismo tiempo para una multinacional y para cualquier persona sentada ante un ordenador en su casa. No exige una inversión de millones de euros. Ni siquiera exige, para empezar, conocimientos técnicos especialmente avanzados.

Exige curiosidad, tiempo y muchas horas de uso.

La buena noticia es que todavía estamos extraordinariamente pronto.

La mala es que probablemente no lo estaremos durante mucho tiempo.

Así que, si me permites un consejo de amigo, no dediques los próximos meses a discutir si la inteligencia artificial acabará sustituyendo puestos de trabajo. Dedícalos a conseguir que, cuando tu empresa se pregunte qué personas necesita para trabajar en un mundo lleno de inteligencia artificial, tu nombre esté entre los primeros que vengan a la cabeza.

Y ya que estamos: puedes seguir leyendo este blog, donde seguiré escribiendo sobre todo esto. Y si algún día Infomed.IA acaba también en tus manos, prometo no protestar.

Si cuela, cuela.