La nueva Torre de Babel

Cuando la humanidad aprende a construir inteligencias extraordinarias, pero corre el riesgo de olvidar para qué necesita la suya

Cada pocas semanas, una nueva capacidad de la inteligencia artificial desplaza la frontera de lo que creíamos posible. Sistemas que escriben programas, interpretan imágenes, resuelven problemas complejos, ayudan a investigar, traducen conversaciones y ejecutan tareas con una autonomía creciente. Quienes trabajamos desde hace años en internet y en la transformación digital conocemos bien esta sensación: la tecnología avanza antes de que las organizaciones hayan comprendido plenamente la versión anterior. Sin embargo, la aceleración actual tiene una cualidad distinta. Ya no estamos incorporando únicamente herramientas. Estamos delegando en ellas operaciones que asociábamos al ejercicio de la inteligencia.

El progreso es real, aunque conviene describirlo sin exageraciones. No existe hoy una superinteligencia general reconocida como tal, ni sabemos si el ritmo de mejora se mantendrá indefinidamente. Las capacidades observables deben distinguirse de los objetivos declarados por los laboratorios y, sobre todo, de los escenarios futuros, que siguen siendo inciertos. Aun así, hay motivos suficientes para tomarse en serio lo que está ocurriendo. La carrera tecnológica moviliza inversiones, talento y poder geopolítico a una velocidad extraordinaria, mientras seguimos sin compartir una idea clara sobre el destino al que queremos llegar.

Mi inquietud no nace del rechazo a la tecnología. Trabajo con ella, conozco sus posibilidades y considero que puede contribuir de manera decisiva al conocimiento, la productividad, la medicina, la educación y la solución de problemas que hoy parecen inabarcables. Precisamente por eso me preocupa la distancia que puede abrirse entre nuestra capacidad para construir y nuestra sabiduría para gobernar lo construido. El desarrollo técnico amplía el ámbito de lo posible; pero no proporciona por sí mismo el criterio para distinguir lo conveniente, lo justo y lo bueno.

Y en esa distancia aparece el recuerdo de Babel.

«Hagámonos un nombre»

El relato de Génesis 11,1-9 recoge el conocido episodio en el que los hombres decidieron construir una ciudad y levantar una torre cuya cima alcanzara el cielo. La tradición ha reconocido en aquella empresa una manifestación de la antigua tentación de «ser como dioses», de alcanzar por las propias fuerzas una grandeza que prescinde del Creador. Dios respondió a aquella soberbia confundiendo sus lenguas y dispersándolos por la tierra. Sin embargo, bajo la aparente sencillez del relato se esconde una reflexión mucho más profunda sobre el poder, la obstinación humana y, especialmente, la soberbia.

Hay un detalle que merece nuestra atención. Al describir cómo Dios desciende para contemplar la ciudad y la torre, el Génesis se refiere a quienes las estaban construyendo como los «hijos de los hombres» (Gn 11,5), una expresión que, sin constituir por sí misma una identificación genealógica, adquiere una resonancia particular cuando se contempla a la luz de otros pasajes de la Escritura; porque unos capítulos antes encontramos un episodio especialmente enigmático en el que los «hijos de Dios», atraídos por la belleza de las «hijas de los hombres», las tomaron por esposas (Gn 6,1-4). Este pasaje, que ha suscitado distintas interpretaciones a lo largo de los siglos, recibe una explicación particularmente interesante de san Agustín, quien, en La ciudad de Dios, identifica a los «hijos de Dios» con la descendencia de Set, que había procurado mantenerse fiel al Señor, y a las «hijas de los hombres» con el linaje de Caín, asociado a quienes se habían apartado de sus mandatos.

Desde esta perspectiva, la distinción no aludiría a dos naturalezas humanas diferentes, ni establecería una separación entre hombres superiores e inferiores, sino que expresaría dos maneras de vivir y de relacionarse con Dios: la de quienes reconocen su autoridad y procuran orientar su existencia conforme a su voluntad, y la de quienes, dejándose arrastrar por el pecado, pretenden construir su vida al margen de Él. El episodio de aquellas uniones matrimoniales ilustraría, precisamente, cómo la fidelidad de los primeros podía debilitarse hasta desaparecer cuando se dejaban seducir por los bienes y atractivos del mundo, anteponiéndolos a su Creador.

Esta interpretación permite comprender mejor el trasfondo moral que recorre los primeros capítulos del Génesis y ofrece una clave sugerente para aproximarnos al episodio de Babel que aquí nos ocupa. Conviene precisar que la expresión «hijos de los hombres» en este pasaje, desde la perspectiva agustiniana, nos descubre de nuevo la tendencia del hombre a apartarse de Dios, a colocar su propia voluntad por encima de la divina y a buscar en las realidades terrenas una plenitud que estas, por sí solas, no pueden proporcionarle.

Con esta clave podemos regresar al relato de Babel y comprender mejor el alcance de lo sucedido. El Génesis nos cuenta que sus habitantes hablaban una sola lengua y que, tras desplazarse desde oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar, donde decidieron establecerse. Aquellos hombres compartían un mismo idioma, podían entenderse entre sí y disponían de los conocimientos técnicos necesarios para emprender grandes obras colectivas. De hecho, el texto menciona expresamente su capacidad para fabricar ladrillos y emplear betún como argamasa, avances que les permitían acometer construcciones de una envergadura considerable.

Nada de ello era malo en sí mismo. Ni el conocimiento, ni la técnica, ni la cooperación entre los hombres constituyen una ofensa a Dios. El problema aparece cuando descubrimos el propósito que animaba aquella empresa: «Hagámonos un nombre» (Gn 11,4). Esas palabras revelan una ambición que trasciende la mera construcción de una ciudad. Los hombres pretendían encontrar en su propia grandeza el fundamento de su seguridad, de su permanencia y de su "gloria". La unidad que podía haber sido un instrumento para el bien se convertía así en vehículo de una aspiración desordenada, en la que el hombre dejaba de reconocer los límites de su condición y pretendía elevarse por encima de ellos sin contar con Dios.

Leído de este modo, Babel no representa simplemente el fracaso de una empresa arquitectónica ni una explicación sobre el origen de la diversidad de las lenguas. Es, sobre todo, una nueva manifestación de aquella antigua tentación que recorre las primeras páginas del Génesis desde las palabras de la serpiente en el Edén: «Seréis como dioses» (Gn 3,5). En definitiva, la pretensión de alcanzar por las propias fuerzas una grandeza desligada del Creador, sustituyendo la confianza en Dios por la confianza absoluta en el propio poder.

La misma inteligencia que permite al hombre conocer, crear, organizarse y transformar el mundo puede llevarlo también a olvidar que sus capacidades son dones recibidos y que su dignidad no procede de convertirse en su propio dios. El problema de Babel no fue que aquellos hombres supieran construir una torre, sino que llegaron a creer que, mediante su propia obra, podían asegurarse una grandeza que ya no necesitaba reconocer nada por encima de ellos.

La Escritura no condena la arquitectura, la técnica ni la cooperación. En el propio Génesis, el ser humano recibe el encargo de cultivar y custodiar la creación. Su capacidad de transformar el mundo pertenece a su vocación. El problema de Babel se encuentra en la orientación del proyecto, en una humanidad que pretende fundar su nombre, su unidad y su destino sobre la obra de sus manos, como si no debiera recibir nada ni responder ante nadie.

La soberbia, dentro de la tradición moral católica, es más profunda que la vanidad o el deseo de reconocimiento. Puede expresarse de manera discreta, incluso bajo formas aparentes, cuando el ser humano absolutiza su propio criterio y rechaza toda dependencia de Dios. No consiste necesariamente en presumir de lo que uno ha conseguido. Su forma radical aparece cuando la criatura quiere convertirse en fundamento último de sí misma y decidir por sí sola qué es verdadero, qué es bueno y qué límites merecen ser respetados.

Vista desde ahí, la frase «hagámonos un nombre» conserva una sorprendente actualidad. También nuestra civilización corre el riesgo de buscar una grandeza que no necesita ser recibida ni agradecida, porque confía en poder producirla técnicamente. El paralelismo debe manejarse con prudencia; porque la inteligencia artificial no es en sí misma una nueva Babel, y sería injusto atribuir soberbia a todos los investigadores, empresarios o gobiernos que trabajan en ella. Investigar, crear y ampliar las capacidades humanas son actividades legítimas y, bien orientadas, valiosas. La tentación comienza cuando confundimos el poder de fabricar con la potestad de decidir sobre el sentido mismo de nuestra existencia; cuando suponemos que una capacidad artificial superior permitirá resolver técnicamente las preguntas morales, antropológicas y espirituales que acompañan a la existencia humana.

La imagen y la imitación

Esta cuestión obliga a precisar qué entendemos por inteligencia. La Nota Antiqua et nova, publicada en 2025 por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, advierte de que la palabra se emplea de forma analógica cuando hablamos de personas y de máquinas. En el ser humano, la inteligencia pertenece a la persona en su conjunto y está integrada en una existencia corporal, relacional, moral e histórica. En la IA, el término designa capacidades funcionales: procesar información, detectar patrones, generar resultados y realizar tareas que requieren determinadas operaciones cognitivas.

Esta distinción no rebaja los logros técnicos; porque, por ejemplo, un sistema puede superar ampliamente a una persona en cálculo, memoria operativa, búsqueda, clasificación o reconocimiento de regularidades. Puede producir resultados que parezcan creativos e intervenir de forma relevante en decisiones humanas. Y nada de eso demuestra, por sí solo, que posea entendimiento espiritual, voluntad libre, conciencia moral o dignidad personal. Sería un error convertir una afirmación metafísica en una conclusión científica; pero también lo sería suponer que la ejecución observable de una función agota todo lo que significa conocer.

La antropología de santo Tomás de Aquino ayuda a comprenderlo. Al reflexionar sobre el ser humano como imagen de Dios, Santo Tomás sitúa esa imagen de modo especial en la naturaleza intelectual, capaz de conocer y amar. El entendimiento se abre a la verdad y la voluntad puede orientarse libremente hacia el bien. No son dos módulos independientes ni propiedades de una mente encerrada en un cuerpo. La persona humana es una unidad sustancial de cuerpo y alma; conoce, desea, ama y actúa como ser encarnado, situado en el mundo y vinculado a otros.

Esto permite evitar una comparación engañosa. Si medimos la dignidad humana por el rendimiento intelectual, una máquina más rápida o eficaz acabaría pareciendo más valiosa que una persona. Pero la dignidad no depende de la cantidad de problemas resueltos, de la productividad ni de la superioridad competitiva frente a un artefacto. Un nasciturus, un niño, una persona con discapacidad intelectual o un anciano que ha perdido facultades no poseen menos dignidad. Su valor procede de lo que son, no de su posición en una clasificación de capacidades.

El ser humano, creado a imagen de Dios, puede fabricar instrumentos que imiten algunas de sus operaciones. Esa semejanza funcional es una proeza técnica, pero no equivale a crear una persona. Confundir ambas cosas sería una versión contemporánea de la tentación de Babel. Sería imaginar que, porque podemos reproducir ciertos resultados de la inteligencia, hemos capturado mediante procedimientos técnicos el misterio entero del ser humano.

El peligro de absolutizar la técnica no pertenece exclusivamente a la tradición judeocristiana; está inscrito en la memoria moral de la humanidad. El pensamiento clásico griego ya advirtió profundamente sobre la hybris, esa desmesura ciega que empuja al ser humano a ignorar sus límites naturales y a confundir su capacidad técnica con un poder absoluto. La hybris atrae inevitablemente el fracaso, porque ignora la realidad de la condición humana. Frente a esta soberbia, Aristóteles proponía la phrónesis o sabiduría práctica: la inteligencia moral necesaria para deliberar sobre qué acciones e invenciones contribuyen verdaderamente al florecimiento humano (eudaimonia), sabiendo distinguir lo que es técnicamente viable de lo que es humanamente deseable. Desde esta óptica universal, el valor inalienable de la persona se defiende por sí mismo frente al utilitarismo. La dignidad exige que la tecnología sirva al ser humano en su integridad, y rechaza cualquier escenario donde las personas sean evaluadas, administradas o descartadas según las métricas de eficiencia, velocidad o rendimiento de una máquina.

El límite como corrección

En Génesis, Dios confunde la lengua de los constructores y los dispersa. El texto presenta una intervención que pone fin al proyecto, pero no afirma que la humanidad estuviera a punto de autodestruirse ni explica con detalle todo el propósito divino. No deberíamos añadir a la narración lo que la narración no dice.

Sí cabe, como interpretación teológica, contemplar esa intervención desde la relación entre justicia y misericordia. Para la fe católica, la misericordia divina no consiste en contemplar pasivamente el mal, y la justicia no es una fuerza opuesta al amor. Hay límites que protegen. Un padre que impide a su hijo continuar por un camino peligroso puede causarle frustración y, al mismo tiempo, actuar por su bien. La analogía es imperfecta, pero permite entender que una corrección puede ser dolorosa sin ser destructiva.

Desde esta perspectiva, la dispersión de Babel podría leerse como la interrupción de una unidad desordenada. No toda unidad es buena por el mero hecho de ser unidad. También un poder injusto puede ser extraordinariamente cohesionado, y una sociedad técnicamente coordinada puede avanzar en la dirección equivocada. La fragmentación de las lenguas limita la concentración del proyecto y devuelve a la humanidad a su condición plural. Considerar ese límite como una posible forma de protección por el mal que la soberia causa en el hombre es una interpretación legítima.

La idea resulta incómoda para nuestra cultura porque tendemos a identificar el límite con el fracaso. Nos cuesta aceptar que renunciar a una posibilidad pueda constituir una forma de progreso moral. En la carrera de la IA, además, los incentivos dificultan esa renuncia. Una empresa puede temer que, si no desarrolla una capacidad, lo hará un competidor. Un Estado puede justificar su avance por la posibilidad de que otro consiga antes una ventaja estratégica. Un laboratorio puede reconocer un riesgo y concluir que detenerse unilateralmente no lo reducirá, porque la investigación continuará en otro lugar. Es como un círculo vicioso.

No hace falta atribuir malas intenciones a quienes participan en esa carrera para advertir el mecanismo. La suma de decisiones individualmente comprensibles puede producir un resultado colectivo que nadie haya elegido de manera consciente. La competencia premia la velocidad, mientras que la prudencia requiere tiempo para comprender efectos, establecer responsabilidades y discernir qué ámbitos no deberían automatizarse. Cuanto mayor sea la autonomía de los sistemas, más importante será determinar quién responde por sus acciones. La responsabilidad moral no puede delegarse en un modelo, porque el modelo no comparece ante el empleado, el cliente o el ciudadano afectado. Comparecen las personas y las instituciones que decidieron diseñarlo, desplegarlo o utilizarlo.

La tradición cristiana no ofrece una especificación técnica para gobernar la IA, pero sí una orientación antropológica. El poder humano es legítimo cuando sirve al bien y reconoce que no constituye su propia medida. La prudencia, la justicia y la templanza -por cierto tres de las cuatro virtudes cardinales de las que ya los filósofos griegos hablaban- no son frenos externos impuestos al progreso; son condiciones para que el progreso merezca ese nombre. A veces permitirán avanzar y otras exigirán detenerse, revisar el rumbo o conservar una decisión bajo responsabilidad humana.

Pero la invocación de estas virtudes corre el riesgo de ser estéril si no se traduce en políticas públicas y estándares de ingeniería. La ética debe integrarse en la arquitectura de los sistemas y en la gobernanza corporativa. En el ámbito del software, la prudencia exige garantizar una supervisión humana ineludible (human-in-the-loop). Implica diseñar flujos donde la IA procesa y propone, pero es un agente humano quien conserva el contexto moral, asume la responsabilidad jurídica y retiene el poder de veto, especialmente en ámbitos críticos como la medicina, la justicia o los recursos humanos. La justicia, por su parte, demanda explicabilidad algorítmica (Explainable AI): rechazar los modelos de "caja negra" que toman decisiones opacas sobre la vida de las personas, obligando a auditar los datos de entrenamiento para prevenir sesgos y discriminación automatizada. Finalmente, la templanza frente a la inercia del mercado obliga a implementar medidas de seguridad preventiva; significa someter los modelos a ataques simulados (red teaming), establecer entornos de prueba aislados (sandboxes) y exigir auditorías independientes antes del despliegue comercial. La ética tecnológica es, en definitiva, la sabiduría práctica operando en los procesos de la industria.

Una realidad común en peligro

Babel ofrece otra analogía contemporánea, distinta de su sentido literal. Nunca habíamos dispuesto de instrumentos tan poderosos para superar barreras lingüísticas. La IA traduce conversaciones, hace accesibles textos lejanos y facilita la comunicación entre personas que no comparten idioma. Allí donde Babel representa incomprensión, la tecnología parece reconstruir una lengua común.

Al mismo tiempo, esos sistemas pueden utilizarse para producir a gran escala textos, voces, imágenes y vídeos difíciles de distinguir de un testimonio auténtico. La personalización extrema permite ofrecer a cada individuo una representación diferente de la realidad, ajustada a sus preferencias, temores o vulnerabilidades. La manipulación informativa no nació con la IA, pero la automatización reduce su coste, aumenta su velocidad y hace posible adaptarla con una precisión hasta hoy desconocida.

La nueva confusión de las lenguas podría consistir, por tanto, en que todos comprendamos las palabras y dejemos de compartir criterios para reconocer la verdad. Podríamos hablar un idioma perfectamente traducido y habitar realidades incompatibles. Pero esta analogía no convierte el pasage del Génesis en una profecía tecnológica. Sirve para iluminar un problema presente: una sociedad no se sostiene únicamente porque sus miembros puedan intercambiar mensajes. Necesita confianza en ciertas mediaciones, hechos que puedan contrastarse y un compromiso moral con la verdad.

Hay un fenómeno técnico que añade una resonancia sugerente, aunque debe distinguirse cuidadosamente de la desinformación. En 2024, un estudio de Ilia Shumailov y otros investigadores publicado en Nature analizó el llamado model collapse. Bajo determinadas condiciones, el entrenamiento recursivo con datos producidos por modelos anteriores puede degradar las distribuciones aprendidas, perder diversidad y borrar información menos representada. Esto no significa que todo dato sintético sea perjudicial ni que el colapso resulte inevitable; porque existen métodos de selección y combinación de datos que modifican el problema. Y la degradación estadística de un modelo tampoco equivale a una crisis social de la verdad. Sin embargo, ofrece una analogía útil. Una civilización que se alimenta de manera creciente de sus propias representaciones, resúmenes y recreaciones puede perder contacto con las fuentes de las que proceden.

Cuando una respuesta sintética sustituye sistemáticamente a la lectura, una recreación a la experiencia y una apariencia verosímil al testimonio, el conocimiento corre el riesgo de hacerse circular; y acabamos viendo el mundo a través de contenidos derivados de otros contenidos, cada vez más alejados de la realidad que pretendían describir.

La abundancia informativa no garantiza el conocimiento, del mismo modo que una capacidad creciente de cálculo no produce sabiduría. Conocer exige atención, contraste, memoria, apertura a lo real y disposición a corregirse. La verdad no es el resultado que mejor confirma nuestras preferencias ni el texto que adopta la forma más convincente. Este problema afecta a todo el mundo, porque la posibilidad de una vida común depende de reconocer que la realidad no está a nuestra completa disposición.

El diagnóstico quedaría incompleto, sin embargo, si omitiéramos la responsabilidad del poder público, frecuentemente convertido en actor protagonista de la desmesura. Conviene no olvidar que Babel fue, en su núcleo, un proyecto político de concentración absoluta de poder. Hoy, gran parte de la clase política aborda la inteligencia artificial con una alarmante falta de phrónesis; oscilando entre la ignorancia técnica y el oportunismo. Atrapados en la miopía de los ciclos electorales, los legisladores a menudo reaccionan con regulaciones tardías, torpes y burocráticas que asfixian el progreso legítimo; mientras, en paralelo, ceden a la tentación de utilizar estas mismas herramientas para extender la vigilancia, sofisticar la propaganda estatal o justificar una carrera armamentística geopolítica. Cuando los gobiernos confunden la regulación con el control social y utilizan la tecnología para "hacerse un nombre" en el tablero global, abandonan el deber primordial de proteger al ciudadano frente a las asimetrías de poder.

La verdadera política frente a la IA no consiste en redactar manifiestos grandilocuentes ni en construir panópticos digitales, sino en establecer líneas rojas innegociables que garanticen que ni los gigantes corporativos ni el propio Estado puedan reducir al individuo indefenso a un mero dato procesable.

De Babel a Pentecostés

La tradición cristiana ha contemplado Pentecostés como contrapunto de Babel. La relación no implica que ambos episodios sean idénticos ni que Hechos 2 ofrezca una solución técnica para los problemas de la inteligencia artificial. En Pentecostés, los discípulos de Jesús reciben el Espíritu Santo y personas procedentes de pueblos diversos los oyen hablar cada una en su propia lengua. Las diferencias no desaparecen. No se impone un idioma uniforme ni se elimina la pluralidad; se hace posible una comprensión por la gracia que atraviesa toda diversidad.

El contraste es significativo. En Babel, la unidad se construye alrededor de la soberbia humana para "hacerse un nombre" y cerrarse en sí misma. En Pentecostés, la unión se recibe como un don que se abre hacia los demás. La diversidad deja de ser un obstáculo sin quedar abolida. Desde la fe cristiana, la verdadera unión no nace de la homogeneización ni del control total, sino de la Verdad de Dios que puede ser amada y compartida.

Esta perspectiva permite mirar la IA con esperanza sin caer en la ingenuidad. La técnica puede ayudar a traducir, curar, enseñar, investigar y liberar a las personas de trabajos penosos. También puede concentrar poder, degradar el juicio, extender la vigilancia y reducir al ser humano a un conjunto de datos procesables. El desenlace no está contenido de manera automática en el código. Dependerá de decisiones económicas, políticas y personales; de la idea de humanidad que incorporemos a los sistemas y de los bienes que estemos dispuestos a proteger incluso cuando hacerlo resulte costoso.

Para alguien con sentido de trascendencia -y de modo especial para la cristiandad-, la inteligencia humana es recibida antes de ser ejercida. Somos libres y capaces de conocer la verdad y querer el bien; pero podemos equivocarnos y elegir mal. Necesitamos educación, virtud, comunidad, perdón, humildad y gracia. Pero la humildad no exige despreciar nuestras obras. Exige situarlas dentro de una verdad mayor y recordar que nuestro poder no nos convierte en autores de la dignidad humana ni en árbitros absolutos del bien.

La nueva Torre de Babel no es una máquina concreta ni un laboratorio determinado. Es una posibilidad moral que puede aparecer en cualquier proyecto tecnológico cuando la humanidad confunde su extraordinaria capacidad creadora con una autosuficiencia sin límites. Podemos construir inteligencias cada vez más capaces y utilizarlas al servicio de la persona. También podemos acabar renunciando a nuestro propio juicio, fascinados y obcecados por aquello que hemos fabricado.

El reto decisivo consiste en crecer en sabiduría al menos con la misma seriedad con la que ampliamos nuestro poder. Necesitaremos ciencia y regulación, gobierno empresarial y supervisión técnica, pero también una comprensión verdadera y humilde de la persona.

Fuentes documentales

  • Génesis 11,1-9 y Hechos de los Apóstoles 2,1-13, en la [Sagrada Biblia](https://www.vatican.va/archive/bible/index_sp.htm).
  • Dicasterio para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para la Cultura y la Educación, [Antiqua et nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana](https://www.vatican.va/romancuria/congregations/cfaith/documents/rcddfdoc20250128antiqua-et-novasp.html), 28 de enero de 2025.
  • [Catecismo de la Iglesia Católica](https://www.vatican.va/archive/catechismsp/indexsp.html), especialmente su enseñanza sobre el ser humano como imagen de Dios, la libertad, las virtudes y el pecado de soberbia.
  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, [cuestión 93](https://www.corpusthomisticum.org/sth1093.html), sobre la imagen de Dios en el hombre.
  • Ilia Shumailov y colaboradores, [«AI models collapse when trained on recursively generated data»](https://doi.org/10.1038/s41586-024-07566-y), Nature, 2024.