Nos han contado tantas veces que la inteligencia artificial viene a facilitar la vida que quizás haya llegado el momento de plantearse una posibilidad bastante menos agradable: que termine complicándosela a algunos. Y no porque funcione mal, sino precisamente por lo contrario.

La IA nos permite hacer determinadas tareas mucho más deprisa, acceder a capacidades que hasta hace muy poco estaban reservadas a especialistas y multiplicar la productividad de empresas y profesionales. Todo esto efectivamente es cierto. El problema aparece después, cuando esto que hoy es una ventaja extraordinaria empiece a convertirse en lo que los demás ya esperen de cualquiera.

La historia de la tecnología está llena de avances que supuestamente iban a permitirnos trabajar menos y que, en realidad, nos permitieron trabajar más, llegar más lejos y producir mucho más durante aproximadamente las mismas horas.

Cuando no existía el automóvil, una persona podía desplazarse durante una jornada hasta donde razonablemente permitían sus piernas, un caballo o un ferrocarril cercano. Cuando apareció el coche no ocurrió que llegásemos al destino a las diez de la mañana y decidiéramos dedicar el resto del día a contemplar el paisaje. Empezamos a ir a más sitios.

Un comercial que antes podía visitar a dos clientes pasó a visitar a cinco. Una empresa pudo ampliar enormemente su radio de acción. Vivir a cuarenta kilómetros del lugar de trabajo dejó de parecer una extravagancia. La tecnología eliminó una limitación y, casi inmediatamente, la sociedad reajustó sus expectativas.

Ha ocurrido prácticamente con todo. El teléfono permitió comunicarnos sin desplazarnos, pero no redujo necesariamente el tiempo dedicado a comunicarnos. El correo electrónico consiguió que enviar una carta dejase de requerir sobre, sello, buzón y varios días de espera. El resultado no fue que intercambiásemos las mismas diez cartas de antes de manera más eficiente, sino que acabamos enviando y recibiendo decenas o cientos de mensajes.

La videoconferencia nos ahorró muchos viajes, pero también hizo posible llenar una agenda con reuniones que jamás habrían existido si para celebrarlas hubiese sido necesario subirse a un avión. El comercio electrónico permitió comprar sin desplazarse a una tienda, pero también multiplicó las posibilidades de compra, comparación, venta y distribución. La ofimática convirtió en minutos tareas que antes requerían horas de mecanografía, cálculos manuales y correcciones, pero nadie espera hoy que una oficina produzca lo mismo que producía en 1975.

La tecnología reduce el esfuerzo necesario para alcanzar un resultado y nosotros respondemos elevando el resultado esperado. Ahí está la paradoja. 

Y esta no es una razón para frenar la tecnología. Al contrario. Sería absurdo renunciar a una herramienta que nos permite trabajar mejor, resolver problemas antes inabordables y ampliar enormemente nuestras capacidades. La cuestión interesante no es cómo evitar ese aumento de productividad, sino comprender qué ocurre cuando una capacidad extraordinaria deja de ser extraordinaria y empieza a convertirse en el nuevo estándar.

La productividad acaba convirtiéndose en expectativa

Durante mucho tiempo he visto cómo las empresas incorporaban tecnologías pensando en términos de ahorro: ahorrar tiempo, desplazamientos, personal o costes. Sin embargo, con frecuencia el efecto más importante terminaba apareciendo en otro lugar; no hacíamos lo mismo en menos tiempo, sino que aprovechábamos ese tiempo para hacer más cosas.

La IA lleva este fenómeno mucho más lejos porque afecta precisamente a actividades intelectuales que hasta hace poco resistían bastante bien la automatización. Leer documentación, analizar datos, programar, redactar una propuesta o preparar un informe puede requerir ahora una fracción del tiempo anterior. Hoy quien sabe trabajar bien con estas herramientas puede parecer excepcionalmente productivo; dentro de un tiempo -y menos de lo que algunos piensan- quizás simplemente parezca normal.

Ahí está el cambio. Lo que hoy supone una ventaja terminará convirtiéndose en referencia y, probablemente, después en exigencia. Si un profesional puede preparar seis informes donde antes preparaba dos, llegará un momento en que alguien se preguntará por qué sigue entregando solamente dos.

Esto ya lo hemos visto

Ni siquiera necesitamos esperar a la inteligencia artificial para comprender el riesgo.

Que se lo pregunten a muchos ancianos que han acudido alguna vez a un punto de información, una administración, una entidad o un servicio cualquiera y han escuchado con toda tranquilidad que, para realizar aquella gestión, tenían que pedir cita previa por Internet, descargarse una aplicación o identificarse mediante un sistema electrónico que apenas comprendían.

No entraré a decir dónde. Que cada cual revise sus propias experiencias. Lo significativo no es la mala intención de quien está detrás del mostrador, porque probablemente no exista ninguna. Lo verdaderamente interesante es que, para la organización, el nuevo procedimiento ya es normal. La digitalización ha avanzado hasta tal punto que hemos llegado a convertir en requisito algo que una parte de la población todavía no sabe utilizar.

Sucede entonces algo curioso: la tecnología que simplifica enormemente la gestión para millones de personas se convierte en una barrera casi infranqueable para otras.

Lo hemos aceptado poco a poco porque la transición digital ha durado décadas. Primero fueron las páginas web; después, las contraseñas, las aplicaciones, los certificados digitales, los códigos enviados al teléfono, la identificación electrónica y una interminable colección de procedimientos que, para quienes vivimos rodeados de tecnología, resultan cómodos o incómodos, pero manejables. Para otras personas pueden resultar directamente excluyentes.

Con la inteligencia artificial podríamos repetir el mismo error, pero mucho más deprisa y con mayor afectación.

El efecto látigo

Hay un concepto utilizado en logística llamado bullwhip effect, el efecto látigo. Una pequeña variación en un extremo de una cadena puede acabar amplificándose enormemente conforme se transmite a través del sistema.

La metáfora me parece especialmente apropiada para explicar lo que podría ocurrir socialmente con la inteligencia artificial.

Quienes estamos cerca del punto donde empieza el movimiento tenemos tiempo para verlo venir. Probamos herramientas, nos equivocamos, aprendemos, descubrimos para qué sirven y para qué no, cambiamos nuestros métodos de trabajo y vamos incorporándolas gradualmente. El movimiento todavía es pequeño, pero cuanto más lejos esté alguien de ese punto de adopción, mayor puede ser la sacudida cuando finalmente le alcance.

Un trabajador que hoy no utiliza inteligencia artificial quizás no note ninguna consecuencia inmediata. Puede seguir realizando perfectamente su trabajo. El problema aparecerá cuando la productividad de quienes sí la utilizan empiece a modificar las expectativas de su sector.

Imaginemos dos administrativos igualmente competentes. Uno comienza a utilizar sistemas de IA para organizar documentación, comprobar datos, redactar comunicaciones, resumir expedientes y detectar errores. En el tiempo en que antes tramitaba veinte asuntos puede resolver muchos más.

Durante los primeros meses parece un trabajador extraordinariamente productivo, hasta que alguien descubre que ese nivel de productividad es posible. Entonces deja de ser extraordinario, se convierte en referencia y quizás, poco después, en exigencia.

El problema no será necesariamente que la inteligencia artificial haya sustituido al segundo administrativo. Puede ocurrir algo mucho más sutil: seguirá conservando su puesto, pero tendrá que competir dentro de un entorno cuyas expectativas han sido fijadas por personas que trabajan con capacidades aumentadas.

Esta posibilidad me parece más llamativa, bastante más que muchas predicciones espectaculares sobre robots quitándonos el empleo, porque puede producirse sin que prácticamente nos demos cuenta.

Los últimos en llegar

Durante estos años dedicados a la estrategia digital, la tecnología y la inteligencia artificial, he comprobado muchas veces que las grandes transformaciones no afectan a todos al mismo tiempo. Nunca lo han hecho.

Cuando apareció Internet hubo empresas que comprendieron muy pronto lo que estaba ocurriendo, otras llegaron unos años después y algunas tardaron más de una década. Lo mismo ocurrió con el comercio electrónico, las redes sociales, la movilidad o el posicionamiento online.

La diferencia es que la inteligencia artificial puede ampliar esa distancia con enorme rapidez. Además, existe un detalle importante: los últimos en llegar no serán necesariamente personas poco interesadas en la tecnología. Puede ser el autónomo que trabaja diez horas al día y sencillamente no tiene tiempo para experimentar; la pequeña empresa que carece de personal especializado; el trabajador que lleva treinta años realizando correctamente su oficio y descubre de repente que han cambiado las reglas; el comerciante, el profesional, el funcionario, el maestro o el administrativo que bastante tiene ya con resolver su jornada. También puede ser una persona con pocos recursos, poca formación digital o, simplemente, sin alguien cerca que le explique qué está ocurriendo. Mientras tanto, en el otro extremo, habrá profesionales utilizando agentes, automatizaciones y sistemas cada vez más sofisticados para multiplicar sus capacidades.

La distancia puede crecer muy deprisa. Y aquí aparece un riesgo social que quizás deberíamos empezar a considerar con bastante más atención. No se trata únicamente de una brecha entre quienes tienen acceso a la inteligencia artificial y quienes no, sino también entre quienes han aprendido a trabajar con capacidades aumentadas y quienes continúan bajo las reglas anteriores mientras el mundo que los rodea ya ha cambiado las suyas.

La pobreza y la exclusión rara vez nacen de una sola causa. Sería absurdo atribuirlas a una tecnología; pero también sería ingenuo pensar que una transformación capaz de modificar radicalmente la productividad no puede agravar determinadas desigualdades. El reto no consiste en frenar a quienes avanzan ni en rebajar lo que podemos conseguir con estas herramientas, sino en evitar que millones de personas afronten el cambio sin tiempo, formación o ayuda para adaptarse.

Aprender por uno mismo, mirar alrededor por los demás

La primera conclusión es bastante evidente: conviene aprender.

No hace falta convertirse en ingeniero de inteligencia artificial ni perseguir cada herramienta que aparece. De hecho, probablemente sea una pésima idea. Pero comprender qué está ocurriendo, aprender a trabajar con estas tecnologías y descubrir de qué manera pueden mejorar nuestro propio trabajo empieza a ser una forma de protección profesional, no solo porque permitan hacer más, sino porque cambiarán lo que los demás consideran razonable esperar de nosotros.

Sin embargo, quedarse ahí sería una conclusión demasiado cómoda. Podríamos limitarnos a aprender deprisa, procurar situarnos cerca del mango del látigo y felicitarnos por haber llegado antes. Sería comprensible, aunque también supondría una visión bastante pobre de lo que implica una transformación de esta magnitud.

Quienes estamos aprendiendo antes tenemos otra responsabilidad: mirar alrededor. Porque hay personas que necesitarán ayuda para comprender estas herramientas; empresas pequeñas que requerirán acompañamiento; trabajadores que deberán reciclarse; mayores que quizás necesiten que alguien siga atendiendo al otro lado de una ventanilla; jóvenes a los que habrá que enseñar no solamente a utilizar inteligencia artificial, sino a hacerlo con criterio.

También habrá que diseñar sistemas que no den por supuesto que todo ciudadano dispone de los mismos conocimientos, el mismo tiempo, los mismos recursos o la misma capacidad de adaptación. Eso ya no es únicamente una cuestión tecnológica. Es una cuestión social y, para quienes entendemos la caridad no solamente como una emoción, sino como la obligación concreta de mirar al que tenemos al lado, también debería ser una cuestión personal.

Quizás la gran paradoja de la inteligencia artificial termine siendo esta: puede convertirse en una de las tecnologías que más facilidades haya ofrecido nunca al ser humano y, al mismo tiempo, complicar extraordinariamente la vida de quien llegue tarde a ella.

Ya hemos visto que la historia de la tecnología sugiere que, cuando una herramienta permite hacer mucho más con el mismo esfuerzo, no solemos aprovecharla para hacer menos. Acabamos considerando normal hacer mucho más. La respuesta, por tanto, no puede ser producir menos para que nadie se quede atrás. Tiene que ser un moonshot: aspirar a que todos puedan producir mejor.

Con la inteligencia artificial ocurre de nuevo, solo que esta vez todo sucede muchísimo más deprisa. Conviene tenerlo presente por nosotros mismos y también por quienes están a nuestro alrededor.