Texto recuperado del archivo histórico. Original fechado en julio de 1997. Se han corregido erratas, puntuación y algunos aspectos de formato para facilitar su lectura, manteniendo las ideas, citas y contexto del texto original.
«Una cosa que diferencia de forma sustancial la especie humana del resto de seres vivos es la capacidad de generar esquemas de acción sistemáticos, perfeccionarlos y enseñarlos, aprenderlos y transmitirlos a grupos distantes en el espacio y en el tiempo, para valorar los pros y los contras y tomar decisiones sobre la conveniencia y la utilidad —para uno o para unos cuantos—, para avanzar hacia unos caminos o hacia otros.
Es decir, su capacidad para desarrollar no sólo utensilios, aparatos, herramientas, técnicas y tecnologías artefactuales, sino también tecnologías simbólicas —lenguaje, escritura, sistemas de representación icónica y simbólica, sistemas de pensamiento...— y tecnologías organizativas: gestión de la actividad productiva —gremialismo, taylorismo...—, de las relaciones humanas...
En este sentido se puede decir que la tecnología es una producción básicamente humana, entendiendo aquí este término en el sentido de pertenecer a la especie humana, de ser propio de ella.» (J. M. Sancho, Para una tecnología educativa 1994.)
La actividad del hombre, por tanto, siempre ha girado alrededor de la técnica y la tecnología.
La primera de ellas, la técnica, tiene sus orígenes etimológicos en la palabra griega techné, cuyo significado hace referencia al conjunto de instrumentos y procedimientos apropiados para la realización de tareas específicas. Queda patente con ello que la técnica se refiere tanto a aspectos materiales, como son las herramientas o instrumentos, como a su acepción más inmaterial, referente a los procedimientos y maneras de llevar a cabo determinados objetivos programados por ella misma.
En definitiva: habilidad e instrumentación.
Pero cuando la palabra técnica, o su antepasado etimológico, se une al término, también griego, logos —habla o palabra—, surge el conocido concepto de tecnología, que adquiere la acepción de conjunto de técnicas definidoras de la condición humana como creadora de condiciones que plasman la proyección de su ser en su entorno: su cultura.
Es por estas definiciones por lo que no se puede hablar de deshumanización de la sociedad con el advenimiento de las nuevas tecnologías, puesto que éstas forman parte inseparable de los rasgos definidores de la cultura que las comprende.
La tecnología de cada momento de la historia ha ido modelando y caracterizando todas las épocas en sus diferentes enfoques evolutivos, tanto económicos como sociales y culturales, llegando hasta nuestros días, en los que se habla de la era espacial, de la información, de la informática, de la sociedad postindustrial, electrónica, superindustrial o de la aldea global.
Resistencia
«La especie humana ha experimentado, hasta ahora, dos grandes olas de cambio, cada una de las cuales ha sepultado culturas y civilizaciones anteriores y las ha sustituido por formas de vida inconcebibles hasta el momento. La primera ola de cambio —la revolución agrícola— tardó miles de años en desplegarse. La segunda ola —el nacimiento de la revolución industrial— solamente necesitó trescientos años. La historia avanza ahora hacia una aceleración superior y es posible que la tercera ola inunde la historia y se complete en unas pocas décadas.» ( Alvin Toffler, La tercera ola 1981).
Es muy frecuente que sea difícil cambiar cuando lo que se acostumbra a hacer ya satisface. Es más difícil aún el cambio cuando implica una complejidad mayor en los procedimientos, aunque sean mejores los resultados, y no digamos si, además, la tecnología nos supera en nuestros conocimientos actuales.
Éste es el problema que ha llevado a serios conflictos y enfrentamientos a tantas personas a lo largo de la historia.
Las críticas que se suelen plantear en la actualidad a las tecnologías de la información suelen ir por la vertiente de la deshumanización de la sociedad. Hemos visto antes que estos planteamientos eran erróneos, pues lo que está deshumanizado no es la tecnología del momento —puesto que humaniza—, sino la resistencia a la misma.
Y, en las puertas del siglo XXI, la deshumanización parte —en el caso que debatimos aquí, no en otros temas— del ataque a las tecnologías de la información como método de defensa de sectores que no quieren estar al día o, simplemente, se resisten a adaptarse a las nuevas situaciones, bien porque no pueden, bien porque no quieren.
Tarde o temprano vencerá el cambio tecnológico, pues así ha sido a lo largo de toda la historia. Esto no implica que haya que preocuparse demasiado, pero tampoco mantenerse al margen.
Hay que procurar ver con buenos ojos aquellos cambios y aquellas técnicas que objetivamente suponen un avance e intentar, al mismo tiempo, entenderlas y usarlas, pues forman parte de la cultura del momento.
Finalmente, sí se pueden dejar en manos de investigadores los logros y conjeturas de futuro, puesto que todavía no se han incorporado a la cultura, pero mirándolos de reojo, porque los ritmos evolutivos y de cambio son muchísimo más elevados ahora que en otro tiempo, siendo hoy anticuado lo que ayer era novedad.
Visto desde 2026
Hay una afirmación en este texto que hoy escribiría de otra manera. En 1997 defendía que no podía hablarse de deshumanización provocada por las nuevas tecnologías porque la tecnología era, en sí misma, una producción humana y una expresión de nuestra cultura. El razonamiento tenía una base que sigo considerando interesante, pero la conclusión era demasiado rotunda. Que una tecnología sea creada por seres humanos no significa necesariamente que todos sus efectos sean humanizadores.
Esa diferencia resulta particularmente visible en 2026. La inteligencia artificial es probablemente uno de los ejemplos más claros que hemos tenido de tecnología profundamente humana en su origen y, al mismo tiempo, capaz de plantearnos preguntas muy serias sobre aquello que queremos conservar como específicamente humano. La construimos a partir de conocimiento, lenguaje, imágenes, cultura y experiencia acumulados por personas. En ese sentido, pocas tecnologías podrían representar mejor aquella idea del texto original de que nuestra especie no sólo fabrica herramientas físicas, sino también tecnologías simbólicas y organizativas.
Pero precisamente por eso ahora sabemos que la discusión no puede terminar ahí. Una tecnología puede ampliar nuestras capacidades y, dependiendo de cómo se diseñe y utilice, también puede reducir espacios de autonomía, deteriorar determinadas relaciones, concentrar poder o convertir en automatismos decisiones que quizá deberían conservar una intervención humana significativa. La pregunta interesante ya no es si la tecnología humaniza o deshumaniza por definición. Es qué hacemos los seres humanos con ella y qué clase de sociedad construimos alrededor de sus posibilidades.
También revisaría otra de las afirmaciones del texto: la idea de que buena parte de la oposición a las tecnologías de la información procedía de sectores que no querían adaptarse o mantenerse al día. Existía esa resistencia, y continúa existiendo, pero veintidós años de transformación digital nos han enseñado que no toda cautela frente a una tecnología es reaccionaria ni toda adopción inmediata constituye progreso. Hay momentos en los que resistirse, preguntar o exigir garantías puede formar parte precisamente de una relación madura con la tecnología.
La inteligencia artificial vuelve a ofrecernos un buen ejemplo. Es razonable querer aprovecharla y también lo es preguntar quién responde por una decisión automatizada, qué ocurre con los datos utilizados, cómo se verifica una respuesta, qué dependencias estamos creando o qué actividades no deberíamos delegar. Comprender una tecnología incluye conocer sus capacidades, pero también sus límites. La alternativa a la resistencia indiscriminada no debería ser la aceptación indiscriminada.
Aun así, hay una parte del texto que me resulta especialmente reconocible desde 2026: la aceleración. La cita de Alvin Toffler servía entonces para explicar cómo cada gran ola de transformación parecía necesitar menos tiempo que la anterior. En 1997 esa sensación estaba muy vinculada a Internet, a las tecnologías de la información y a la digitalización. Hoy se ha intensificado hasta el punto de que ya no hablamos únicamente de generaciones tecnológicas que se suceden cada varios años. En inteligencia artificial estamos viendo capacidades, productos y maneras de trabajar que pueden cambiar significativamente en cuestión de semanas.
Eso altera nuestra relación con el aprendizaje. Durante mucho tiempo era razonable formarse en una herramienta y esperar utilizar durante años lo aprendido. Ahora empieza a ser más importante desarrollar la capacidad de aprender de manera continua, distinguir lo estructural de lo pasajero y comprender principios que sobrevivan a las versiones concretas de una tecnología. Aquella frase final —«siendo hoy anticuado lo que ayer era novedad»— sonaba en 1997 casi como una advertencia retórica. En 2026 puede describir literalmente lo que sucede en determinados ámbitos tecnológicos.
Pero quizá lo que más me interesa al recuperar este texto sea una idea anterior a todas las demás: considerar la tecnología como parte de la cultura y no simplemente como un conjunto de aparatos. Vista así, la inteligencia artificial no es sólo un nuevo software que llega a las empresas. Está modificando nuestra relación con el conocimiento, con la creatividad, con la autoridad, con el trabajo e incluso con la idea de qué significa producir algo intelectualmente.
Esto obliga también a ampliar el significado de humanismo tecnológico. No debería consistir en rechazar las máquinas para proteger a las personas, ni en aceptar cualquier innovación porque haya sido creada por ellas. Consiste, quizá, en mantener a la persona como referencia cuando decidimos para qué queremos utilizar una capacidad tecnológica.
Hay algo saludable en poder releer una afirmación propia a punto de cuimplir treinta años y concluir que hoy necesita matices. Un archivo histórico tiene valor precisamente si permite hacer eso. No se trata de demostrar que uno tenía razón antes de que llegara el futuro, sino de comprobar qué preguntas siguen abiertas después de haberlo atravesado.
Y la pregunta que había detrás de este texto continúa abierta: si la tecnología es una de las expresiones más características de nuestra condición humana, ¿cómo conseguimos que el progreso de nuestras herramientas vaya acompañado también de un progreso en la manera de utilizarlas?
