Texto recuperado del archivo histórico. Original fechado en octubre de 2003. Esta pieza formaba parte del manuscrito inacabado «Gestión electrónica del conocimiento». Se han corregido erratas, puntuación y algunos aspectos de estilo y formato para facilitar su lectura, manteniendo las ideas, conceptos y contexto tecnológico del texto original.

Hace ya unos años recuerdo estar conversando con un conocido sobre las ventajas que Internet podía ofrecer a la empresa. Hacía relativamente poco que había comenzado el boom de Internet. En un momento de la conversación, esta persona me comentó, con cierta tristeza y melancolía, que creía haber «perdido el tren». Lo decía como quien recuerda un momento anterior en el que todavía habría tenido tiempo y ganas de aprender o adaptarse, pero que ahora se siente perdido ante una cantidad creciente de conceptos nuevos, difíciles de entender desde su manera tradicional de hacer las cosas.

Era el perfil de lo que habitualmente llamaríamos una persona «chapada a la antigua». No le culpo. Puestos en su lugar, probablemente muchos reaccionaríamos de la misma manera.

Aquella conversación me impresionó lo suficiente como para decidir escribir un libro dirigido precisamente a personas que se encontraban en esa situación y que, con esas mismas palabras o con otras parecidas, sentían que habían perdido el tren de las nuevas tecnologías.

Con el tiempo he recibido, en conversaciones y encuentros, el agradecimiento de algunas personas que me explicaron que aquel libro les había permitido comprender cuestiones que hasta entonces creían fuera de su alcance. Ese libro fue Infomedia, publicado en 1996.

Pero existe una diferencia fundamental entre dos personas que descubren que se han quedado atrás. La diferencia está en cómo reaccionan ante ese momento de crisis.

Existe una frase muy repetida según la cual «las crisis son oportunidades». Y alguien que siente que ha perdido un tren de estas características atraviesa, efectivamente, una pequeña crisis. Pero probablemente no sea el único. La cuestión es qué hará a partir de ese momento.

Puede aceptar el reto, esforzarse por comprender el nuevo escenario y adaptarse a él. O puede quedarse en la estación esperando. Y quizá ni siquiera sabiendo exactamente qué espera. Lo más probable es que la solución no consista únicamente en leer un libro o realizar un curso de adaptación. Eso puede servir durante un tiempo, pero será necesariamente provisional. Porque si lo único que hacemos es aprender las herramientas que necesitamos hoy, volveremos a perder el tren mañana.

Y, además, cada vez con mayor frecuencia.

La verdadera solución debe consistir en una renovación más profunda de conceptos, actitudes y aptitudes que nos permita predisponernos para aquello que todavía no conocemos.

No se trata solamente de aprender una determinada tecnología. Se trata de aprender a vivir profesionalmente dentro del cambio. Ese ejercicio exigirá esfuerzo. Habrá que recorrer con rapidez lagunas de conocimiento que se han ido acumulando hasta llegar de nuevo al presente.

Pero el verdadero objetivo no debería consistir únicamente en alcanzar ese presente. Deberíamos intentar adquirir una actitud que nos permita, desde el día a día, empezar a anticipar el mañana. Quien lo consiga estará mucho mejor preparado para tomar las decisiones estratégicas que afectarán al futuro de su empresa.

Visto desde 2026

Releer hoy aquel texto de 2003 provoca una sensación curiosamente familiar. Entonces el temor era Internet. Había empresarios y directivos que contemplaban aquel nuevo entorno con una mezcla de interés, desconcierto y cierta resignación, convencidos de que otros habían llegado antes y de que quizá ellos ya se encontraban demasiado lejos como para ponerse al día. Veintidós años después, esa misma conversación ha vuelto con otro protagonista. Ahora hablamos de inteligencia artificial, modelos generativos, agentes y automatización, pero la sensación de fondo se parece mucho: la tecnología avanza deprisa, el vocabulario cambia constantemente y muchas personas empiezan a sospechar que el tren ha vuelto a salir sin ellas.

Lo interesante es que, visto con perspectiva, el problema nunca fue realmente aprender una tecnología concreta. En los años noventa podía parecer urgente entender Internet, el correo electrónico o las páginas web; después llegaron los buscadores, el comercio electrónico, las redes sociales, el cloud, los smartphones y la economía de plataformas. Cada etapa trajo sus propias herramientas, y cada una de ellas pareció, durante un tiempo, definitiva. No lo fue ninguna. Por eso la idea central de aquel artículo me parece hoy más válida que entonces: si la respuesta consiste únicamente en aprender la herramienta de moda, tarde o temprano volveremos a sentir que nos hemos quedado atrás.

La inteligencia artificial lo está haciendo especialmente evidente porque el ritmo de cambio se ha acelerado de forma extraordinaria. Hoy una empresa puede dedicar semanas a formar a su equipo en una determinada herramienta y descubrir pocos meses después que otra aplicación, otro modelo o una nueva forma de trabajar ha cambiado por completo el escenario. La solución, por tanto, no puede consistir en perseguir cada novedad como si todas fueran igualmente importantes. Tiene que haber algo más profundo: una disposición permanente a aprender, revisar lo aprendido y entender qué cambios merecen realmente nuestra atención.

También matizaría hoy la propia metáfora del tren. En 2003 podía parecer que había un único convoy llamado «Internet» y que quien no subiera a tiempo corría el riesgo de quedarse definitivamente en la estación. La historia ha demostrado que no funciona así. La transformación tecnológica no es un tren, sino una sucesión de ellos. Algunos apenas cambian nuestra forma de trabajar y otros alteran por completo mercados, profesiones y modelos de negocio. La dificultad no está tanto en correr detrás de todos como en aprender a reconocer cuáles cambian de verdad nuestro destino.

Eso es precisamente lo que está ocurriendo ahora con la inteligencia artificial. Todavía estamos en una fase temprana, aunque la velocidad con la que aparecen nuevas capacidades pueda producir la impresión contraria. Muchas de las cosas que hoy consideramos avanzadas probablemente nos parecerán elementales dentro de unos años. Por eso resulta comprensible que un directivo o un profesional sienta cierto vértigo, pero sería un error interpretar ese vértigo como una señal de que ya es demasiado tarde. En realidad, para muchas organizaciones el verdadero proceso de adaptación apenas acaba de empezar.

Hay además una diferencia importante respecto a 2003. Entonces buena parte de la transformación consistía en aprender a utilizar nuevas herramientas digitales. Ahora, con la IA, estamos empezando a cuestionar también cómo se organiza el trabajo, qué tareas deben seguir haciendo las personas, cuáles pueden automatizarse, qué conocimiento merece conservarse y cómo cambia la responsabilidad cuando una máquina participa en decisiones o procesos relevantes. No se trata únicamente de aprender a usar una aplicación. Se trata de entender cómo cambia la empresa cuando determinadas capacidades dejan de ser exclusivamente humanas.

Por eso, si hoy tuviera que reescribir la conclusión de aquel artículo, no insistiría tanto en «alcanzar» la tecnología como en desarrollar una cultura capaz de convivir con ella. La ventaja no estará en saber utilizar perfectamente la herramienta de hoy, porque esa herramienta cambiará. Estará en disponer de organizaciones y personas capaces de comprender lo suficiente cada nueva transformación para decidir cuándo adoptarla, cuándo esperar y, sobre todo, para qué utilizarla.

Aquel conocido que me dijo que había perdido el tren de Internet probablemente expresaba un miedo mucho más universal de lo que entonces imaginé. Cada gran cambio tecnológico genera una generación de personas que teme haber llegado tarde. Pero la experiencia de estas dos décadas demuestra algo bastante más tranquilizador: casi nunca es demasiado tarde para empezar. Lo verdaderamente peligroso no es desconocer una tecnología, sino convencerse de que ya no merece la pena comprenderla.

Y quizá ésta sea la reflexión que mejor ha envejecido de aquel texto de 2003. El objetivo no debería ser aprender el presente lo bastante deprisa como para no quedarse atrás, sino adquirir la capacidad de seguir aprendiendo cuando el presente vuelva a cambiar. Porque cambiará. Y mucho antes de lo que pensamos.